Gobiernos subnacionales de México: en la lona

Mariana Campos | Arena Pública
México suele sentirse superior a sus peers de America Latina, como si creyera que su liderazgo es infalible. Sin duda su ubicación geográfica al sur de Estados Unidos, el mayor mercado del mundo, le ofrece una ventaja indiscutible y codiciable. Además, puede sacar pecho de algunas reformas económicas modernizadoras y emblemáticas, y aunque no fue el primero en implementarlas –Chile le ganó–, sí lo hizo antes que muchos países en la región y eso le brindó mayor competitividad. Por otro lado, el tipo de cambio libre y la apertura comercial le permitieron a nuestro país una estabilidad macroeconómica envidiable, en una zona proclive a las crisis macroeconómicas. Y, como cereza del pastel, la autonomía de Banxico le ha permitido un mejor control de la inflación y del endeudamiento gubernamental.
Pero lo cierto también es que en los últimos años se ha verificado la fábula de la liebre y la tortuga: México, una liebre demasiado confiada, ha perdido tiempo y dejado de esforzarse para mantener un liderazgo contundente en la región –la cual puede caracterizarse en su conjunto como una tortuga lenta, pero de pasos constantes–.
¿Quieren un ejemplo claro de la pérdida de competitividad de nuestro país? En esta ocasión voy a describir la debilidad fiscal en los gobiernos subnacionales de México, que es sumamente marcada e incluso atípica en el contexto internacional. Ésta no sólo sale a relucir cuando México es comparado con países de mayor nivel de desarrollo, como los que integran la OCDE; también, y de forma menos previsible, es evidente su rezago en las comparaciones con países de la región, de un nivel de desarrollo similar.
De acuerdo con datos publicados por la CEPAL en 2018, obtenidos en varios países de la región, los gobiernos subnacionales de México tienen un presupuesto en relación al PIB por encima del promedio (10.8% vs. 7.3%). Sin embargo, recaudan poco (0.9% vs. 2.5%) y también invierten poco[1] (0.8% vs. 3.1%), y se endeudan bastante en relación con su capacidad recaudatoria. Por ejemplo, la deuda subnacional en México representa casi tres veces la recaudación subnacional, mientras que para los otros cuatro países estudiados por la CEPAL (Argentina, Brasil, Ecuador y Perú) ese indicador corresponde a la mitad: 1.5 veces.
Si nos alejamos del promedio y comparamos los datos de México con los de Argentina y Brasil –dos países federales de tamaño considerable–, las diferencias pueden ser francamente abrumadoras. La capacidad recaudatoria de las provincias argentinas y brasileñas es muy superior a la de México; las primeras recaudan casi 5.3% del PIB, y las segundas logran un 10.1% del PIB. Las de México, por su parte, recaudan sólo 2%. En el caso específico de los municipios en Brasil, vemos otra diferencia rotunda: recaudan 2% del PIB vs. un 0.2% en el caso de México. No hay duda, estamos en la lona.
En relación con la composición del gasto público, nuestros gobiernos locales no destacan positivamente. En promedio, los estados o provincias (no incluye municipios) de los países de la región destinan 2.4% del PIB al gasto de inversión y 5.3% del PIB al gasto corriente. En México, en promedio se destina 0.5% a inversión (monto similar al de Brasil) y 9.7% al gasto corriente. Nos supera Colombia, con casi 9% del PIB a inversión; Bolivia, con casi 8%; Argentina, con 2.1%; Ecuador, con 1.4% y Perú, con 1.9%. Ni con la inversión federal logramos alcanzar a algunas de las provincias de América Latina. Es un drama.
Esto no significa que los gobiernos subnacionales de México simplemente no quieren  recaudar o invertir. En mi opinión, el rezago es resultado de un Sistema de Coordinación Fiscal deficiente en el que, de entrada, el Gobierno federal acaparó las facultades tributarias, dejándole pocas a los estados. Por otro lado, las transferencias se entregan con una lógica que promueve el statu quo, sin incentivar la construcción de capacidades en los gobiernos locales, el gasto en inversión pública y el esfuerzo recaudatorio a ese nivel[2].
Se ve difícil avanzar en este contexto subnacional. No parece sostenible la debilidad fiscal de las entidades federativas. Tampoco es fácil de entender ni tiene justificación: México es un país federal y de gran tamaño. Por su extensión de casi 2 millones de km2 es considerado el decimotercer país más grande del mundo, y en él habita una población aproximada de 124 millones de personas, que lo colocan como el decimoprimer país más poblado. Además, tiene la decimoquinta economía más grande del mundo. Llama la atención que un país de estas dimensiones y características se encuentre atado a un sistema de coordinación fiscal tan centralizado que ha favorecido el subdesarrollo de los gobiernos locales en detrimento del bienestar de la población –no olvidemos que varios servicios públicos son atendidos a nivel local, como es el caso del de seguridad pública–.
No dudo que varios de nuestros fracasos sean determinados en cierta medida porque vestimos el traje equivocado, y no me parece que la presente administración este pensando en confeccionar otro.
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[1] Estos datos incluyen únicamente a los gobiernos estatales o provinciales, no incluyen municipios.
[2] Mendoza Velázquez Alfonso, Los incentivos Perversos del Federalismo Fiscal Mexicano, Fondo de Cultura Económica, 2018