Híbridos

Por Luis Rubio (@lrubiof) | Reforma

¿En qué momento se rompe el orden social? ¿Cuándo es más probable que una sociedad entre en procesos de confrontación fuera de los canales institucionales establecidos? Preguntas como éstas son materia de permanente discusión y análisis tanto en instancias académicas como gubernamentales alrededor del mundo. Unos quieren explicar potenciales estallidos, otros intentan prevenirlos. Lo interesante es que hay cada vez mayor coincidencia en los criterios que emplean estos dos sectores tan contrastantes y esa coincidencia le anuncia a México elevados riesgos.

El tema no es particularmente nuevo: el asunto se remonta a la década de 1950, etapa en la que comenzaron a darse golpes de Estado, dictaduras, guerras civiles y otros fenómenos similares en diversas naciones alrededor del mundo. El momento en que esto ocurría no era producto de la casualidad: concluida la guerra (1945), tanto las Naciones Unidas como las potencias ganadoras se dedicaron a impulsar el desarrollo de naciones en Asia, África y América Latina. Algunos de esos países se habían independizado recientemente, otros habían sido derrotados en la etapa bélica y muchos más simplemente intentaban elevar las tasas de crecimiento de sus economías. Pronto resultó que estos cambios tenían efectos desestabilizadores.

La nueva era de interpretación, a lo largo de los 70, concluyó que el problema no era el subdesarrollo ni la modernidad (o del desarrollo mismo) sino del tránsito entre uno y el otro…

Primero la academia, y luego las instancias internacionales y de inteligencia de las naciones más poderosas (de ambos lados de la barrera de la Guerra Fría), se abocaron a intentar entender e interpretar el fenómeno. Así nació la teoría de la modernización, cuyo objetivo inicial consistió en comprender los procesos de cambio social y político que acompañaban a la industrialización. Algunos argumentaban que había etapas en el proceso de desarrollo, otros observaban la manera en que evolucionaban las sociedades y sus sistemas políticos.

La situación cambió cuando comenzaron a darse situaciones de conflicto, rompimiento social y golpes de Estado. Algunos gobiernos, especialmente el norteamericano y soviético, respectivamente, reaccionaron de manera radical, buscando imponer su ley por medio de la fuerza, frecuentemente sin éxito o, al menos, no sin consecuencias negativas de largo plazo. Por su parte, los estudiosos y analistas empezaron a buscar explicaciones para el fenómeno. La nueva era de interpretación, a lo largo de los 70, concluyó que el problema no era el subdesarrollo ni la modernidad (o del desarrollo mismo) sino del tránsito entre uno y el otro: al inducirse procesos económicos de cambio acelerado se desequilibraba el orden social, provocando conflicto y, con frecuencia, inestabilidad.

Cincuenta años después el asunto ha vuelto a la discusión pública por una nueva ola de situaciones de inestabilidad, pero sobre todo un fenómeno novedoso. La característica de este periodo ha sido la democratización en cada vez más naciones. Algunas lograron una transición cabal, alcanzando una inusitada estabilidad (como ilustran casos como España o Corea del Sur). Pero, de manera creciente, los procesos de democratización han experimentado retrocesos significativos, lo que ha llevado a la acuñación de términos como “democracia iliberal,” “anocracia,” “oclocracia” o, simplemente, autocracia. Una institución noruega, el Instituto para la Investigación Sobre la Paz, se ha dedicado a codificar eventos de esta naturaleza alrededor del mundo para categorizar los conflictos.

La conclusión principal de todos estos estudios* es que lo que conduce a la inestabilidad en esta era es la falta de consolidación de las instituciones democráticas: son más propensas al conflicto las naciones que se quedaron en la etapa de la democracia electoral y/o que no llegaron a constituirse en verdaderas democracias liberales. El momento más delicado para esas democracias es aquel en que las promesas de democratización no empatan con la capacidad de sus gobiernos y economías para satisfacerlas, lo que lleva al riesgo de inestabilidad o, más frecuentemente en esta era, a líderes extremistas que llegan al poder por la vía democrática para luego dedicarse a desmantelar las instituciones que les permitieron ascender.

México vive un momento álgido en estas materias. El país logró dar un gran paso adelante en los 90 al crear instituciones electorales excepcionalmente fuertes que facilitaron la competencia equitativa entre los partidos políticos y candidatos, iniciando una nueva etapa política. Sin embargo, ese enorme avance no se tradujo en un mayor bienestar para toda la población, en buena medida porque los gobiernos que resultaron de procesos electorales democráticos no siempre tuvieron la habilidad o disposición para avanzar sus proyectos o legislaciones, pero sobre todo porque la democratización no vino acompañada de instituciones fuertes que efectivamente se constituyeran en contrapesos entre sí.

Fue en ese contexto que llegó al poder en México, por vía democrática, un presidente que, desde el día cero, se ha abocado a construir una creciente autocracia, sin que ésta haya sido un mejor conducto para la solución de los problemas del país. El riesgo de esta evolución radica en una creciente radicalización. La ciudadanía tiene que responder ante un reto tan trascendente porque la alternativa es inaceptable y mucho más costosa para todos.


*un buen resumen se encuentra en Walter, Barbara F, How Civil Wars Start, Crown, 2022