Edna Jaime (@EdnaJaime) | El Financiero

El análisis de cómo estamos una vez transcurrido el primer año de la nueva administración, parece obligado. Porque tanto el presidente como los mexicanos queremos que este gobierno sea exitoso. Hace mucho que no teníamos a un presidente con tanta legitimidad, y con tantas ganas de cambiar a México como ciudadanos esperanzados en que ésta sea la buena. El presidente debe cumplir y medir su desempeño basándose en resultados concretos. Resultados en lo que a las personas les importa: ingreso, empleo, seguridad, justicia, servicios públicos de calidad. Cumplir con esto es su obligación. Debe ser su obsesión.

En estos 365 días de gobierno no nos ha quedado duda de sus obsesiones, que no necesariamente veo alineadas con lo que el país necesita. Ofrezco mis argumentos en un tema que considero esencial, en la agenda del país y del propio presidente, la seguridad.

Comienzo con la seguridad, porque es donde el Estado mexicano muestra más debilidad y eso se traduce en desprotección del ciudadano en lo esencial. El miedo a ser víctimas de un acto criminal se ha instalado entre nosotros desde hace tiempo. Afectando nuestras libertades, nuestra integridad y patrimonio, y eso lo altera todo. Desde mi perspectiva, la visión del presidente es muy rudimentaria. Para él lo importante es incrementar el estado de fuerza, porque es una manera de ampliar la presencia del Estado en el territorio. Y por supuesto que es una condición necesaria, pero claramente insuficiente.

Sin entrar en el debate de lo que implica la militarización de la seguridad, contamos con evidencia suficiente para asegurar que estado de fuerza no implica calidad y efectividad en la misma. Tenemos hoy elementos de la Guardia Nacional desplegados en territorio sin conocer cuál es su función, con entrenamiento endeble para tareas de seguridad, apoyando a fuerzas locales que son débiles en su mayor parte. Además de que dudo que tengan buenos diagnósticos de las realidades que enfrentan y, por lo mismo, estrategias basadas en información. Puede haber excepciones, pero esto es la regla.

Se necesita de sofisticación para operar estrategias de seguridad exitosas. Y un entendimiento más fino del problema, o de los problemas, porque es un error pensar que el fenómeno criminal es monolítico. Cada espacio tiene sus particularidades. Por eso, desmantelar a la Policía Federal fue un error de los grandes. Se destruyó valor, de lo poco que teníamos en el ámbito de la seguridad. En una de sus obsesiones, el presidente supuso que ésta era inservible por corrupta, pero nunca presentó el sustento de su apreciación y decisión.

La estrategia de seguridad que el país necesita, requiere de tejido grueso y fino. Grueso porque tiene que construir capacidades de Estado donde no existen. Me refiero a policías entrenados e inscritos en un servicio de carrera que les dé certezas además de habilidades. Una doctrina que les infunda orgullo de servir al ciudadano. También me refiero a capacidades de investigación criminal que hoy no tienen las procuradurías y fiscalías del país. Y un largo etcétera en toda la cadena de la justicia penal, que incluye a nuestros penales que están en un situación crítica por el autogobierno y la violación cotidiana de derechos humanos. Trabajar en esto sí sería de la envergadura de una Cuarta Transformación. Nos cambiaría para siempre.

El tejido fino no es más fácil. Implica darle orden al caos que resulta del federalismo centralista –aunque suene contradictorio– y disfuncional. Donde existen incentivos para que gobernadores y alcaldes no asuman su responsabilidad y para que los recursos, escasos, no se apliquen de manera correcta y suficiente donde se necesitan. Esto implica la reconstrucción de nuestro federalismo, la definición de responsabilidades que corresponden a cada ámbito de gobierno, temas que hoy se quieren paliar con un intento de recentralización que va a debilitar más a lo local, que es justamente el lugar desde donde deben surgir las respuestas a la inseguridad. Trabajar desde lo local es la clave, pero este ámbito se debilita cada día más. Vamos al revés.

Dicho lo anterior queda claro por qué no hemos podido con el reto. Arreglar la inseguridad implica arreglar al país. La crisis de violencia e inseguridad es el resultado de un Estado débil en lo grueso y en lo fino. Ésta es una tarea de generaciones que tímidamente hemos querido iniciar con sonoros reveses. Ahí está el ejemplo de la Policía Federal, y de los intentos por debilitar la reforma penal. Así ni cómo.

En otra entrega abordaré el aspecto preventivo de la seguridad. Adelanto que política social no es política de prevención.

A la luz del tamaño del reto, se ve pequeña la oferta del presidente. Tanto para administrar el presente como para construir hacia el futuro.  ¿De verdad, se conformará con tan poco?