Luis Rubio (@lrubiof) | Reforma

Las cosas no le están saliendo bien al gobierno y ya ni la retórica mañanera, cada vez más cáustica, lo puede ocultar. La situación económica se deteriora de manera sistemática y no hay razón alguna para esperar que ésta mejore en las condiciones actuales; los sucesos de Culiacán muestran no sólo una situación trágica, sino un retroceso sobre ya niveles exacerbados, por no decir incontenibles, de violencia. La corrupción no disminuye porque no se atacan sus causas, a la vez que se encumbra a quienes, a pesar de su flagrante corrupción, son cercanos al gobierno. A pesar de la evidencia, el presidente sigue empecinado en un camino que, aunque todavía arroja frutos políticos, no contribuye a avanzar su propia agenda.

La realidad es contundente. La economía no crece y, en ausencia de inversión productiva, bien podría comenzar una contracción, todo ello mientras nuestro principal motor de crecimiento, las exportaciones, sigue pujante. Es decir, la causa del pobre desempeño económico es interna y se evidencia claramente por el creciente superávit comercial, producto no de un crecimiento excepcional de las exportaciones, sino por la contracción de las importaciones, especialmente las que indican crecimiento futuro: maquinaria y equipo.

No es necesario hablar mucho de seguridad cuando, en la misma semana que el gobierno anuncia, sin certificación alguna, que estamos ante un “punto de inflexión”, ocurre el momento más violento en lo que va del sexenio: una derrota brutal no sólo para el proyecto de seguridad que con tanto ahínco ha venido festinando el presidente, sino para toda la sociedad que, de golpe, se vio en el espejo de Culiacán. El presidente no quiere ver que una mala estrategia (o, más exactamente, ausencia de estrategia e inteligencia) tendrá consecuencias inexorables: ¿será otro tipo de punto de inflexión?

La corrupción sigue como siempre: cada día hay más ejemplos de que los morenistas, como antes los panistas, tan pronto llegan al gobierno se comportan como sus predecesores y acaban siendo indistinguibles. Este es el pan de todos los días a nivel local. A nivel federal, la manera en que se conducen los programas sociales sin reglas de operación; las asignaciones directas de contratos, obra pública y adquisiciones sin licitación; y la permisividad con que se fomenta la ilegalidad y la informalidad en comunidades como La Ventosa, Las Margaritas y el resto del país, todo por obvias conveniencias político-electorales, son evidencia de corrupción en el corazón del proyecto gobernante.

La gran pregunta es para qué es el gobierno. Si un gobierno no cuida a la población y no crea condiciones para que la economía crezca y la población prospere, su existencia resulta irrelevante. En ambos rubros, los resultados a la fecha son negativos. Peor cuando uno observa a qué se ha dedicado el gobierno en su primer año, periodo en que el presidente ha tenido toda la latitud para construir el andamiaje que arroje beneficios para el resto de su periodo: más que a avanzar proyectos de inversión con gran efecto multiplicador y a desarrollar las estructuras políticas y legales para resolver los problemas de seguridad, o a eliminar las causas de la corrupción, ha dedicado todo su empeño a atemorizar a los actores que son clave para mantener la paz social y acelerar la inversión y ha construido un elefante blanco en la forma de la Guardia Nacional que, como se evidenció en Culiacán, no está apertrechada de la visión y condiciones para lograr su cometido.

Tenemos un gobierno guiado más por odios y resentimientos que por una disposición a leer la realidad que vive el país y el orbe. Anclado en el mundo idílico de los años 60 que, por más que intente, jamás podrá recrear, el gobierno ha desperdiciado meses cruciales en una agenda que no va a repercutir en mejores condiciones para el desarrollo del país ni va a resolver los asuntos que, al menos retóricamente, son la esencia de su agenda –corrupción, crecimiento, pobreza e inequidad– y que, coincido, son los temas centrales de México. El problema es que para hacer avanzar efectivamente una agenda se requiere la disposición a realizar un diagnóstico integral y desapasionado de las circunstancias. Pero este gobierno es todo menos desapasionado y no tiene la menor disposición a ver el conjunto: sus imperativos político-ideológicos lo ciegan.

Robert Hanlon, que escribió sobre la famosa ley de Murphy, dice que “nunca le atribuyas a la perversidad lo que se puede explicar por la incompetencia”. Me pregunto si lo que hemos vivido en este último año no demuestra lo contrario: es fácil atribuirle a la incompetencia lo que es producto de la perversidad. El proyecto gubernamental parte de una serie de premisas que han probado ser erradas en sus propios términos. Si a eso le adicionamos las agendas encontradas de los diversos contingentes del partido gobernante, el resultado es una estrategia incompatible con el progreso del país.

No sé si es incompetencia o perversidad, pero de lo que estoy seguro es que hay una profunda ignorancia e indisposición a aprender y a reconocer cuando las cosas salen mal. No es difícil entender por qué estamos en un hoyo; lo que es incomprensible es que el gobierno siga cavando.