Luis Rubio (@lrubiof) | Reforma

La excusa es la corrupción; la realidad es el control total. Paso a paso, el presidente consolida su posición, doblega al Congreso y, ahora, a la Suprema Corte de Justicia, a la vez que amedrenta a los distintos sectores relevantes de la sociedad. El mensaje es claro: aquí yo mando.

La estrategia es transparente y avanza a marcha forzada. No hay semana en que no haya un nuevo elemento en la construcción del proyecto, ni iniciativa que no avance de manera implacable, al menos en la Cámara de Diputados. Algunos elementos del andamiaje podrían parecer excesivos o innecesarios, pero el mandato es claro: TODO. Sin excepción.

El camino establecido hasta este momento sugiere que hay dos componentes centrales del proyecto de control: primero, neutralizar cualquier fuente de contrapeso, sea eliminándola, saturándola de empleados del presidente o matándola por inanición. Y, segundo, manteniendo y nutriendo el apoyo popular a través de la exhibición constante de casos de (supuesta) corrupción, encarcelados cada vez más prominentes y todo el circo que las mañaneras posibilitan. La cuidadosa selección de candidatos a la picota sirve a los dos objetivos: doblega a las instituciones y aterroriza a vastos sectores de políticos, empresarios y líderes sindicales.

No es una estrategia nueva. Exactamente lo mismo se hizo a finales de los 80, pero con el objetivo opuesto: Carlos Salinas encarceló a líderes políticos, sindicales y empresariales para consolidar su poder y hacer posible el lanzamiento de una serie de reformas con las que se proponía transformar al país y encarrilarlo hacia el siglo XXI. AMLO sigue la misma receta pero para echar hacia atrás las reformas, someter a vastos sectores de la sociedad (en sus palabras “subordinar las decisiones económicas a las políticas”) y retornar a una era en que, en su imaginación, el país vivía bien, tranquilo, con crecimiento y con estabilidad.

El problema es que el mundo y México han cambiado tanto en estas décadas que es imposible recrear aquel sueño que anima al gobierno en la actualidad. Peor, como en los 80, la detención de una serie de personas simbólicas no resuelve el problema de la corrupción porque no ataca sus causas. Esto se complica todavía más cuando algunos corruptos acaban siendo “buenos” porque el presidente los purificó, mientras que otros serán siempre “malos” porque no son cercanos al presidente o porque, por su actividad previa, son vistos por el presidente como enemigos.

Los circos llegan por una temporada y luego se van porque la gente se asombra al principio, pero luego se harta. Lo mismo ocurre con los circos políticos: tarde o temprano se agotan porque no contribuyen a que mejore la vida diaria.

La gran falacia del proyecto de control que diligentemente construye el presidente es que no conduce más que a la parálisis de la vida política y económica. Sin crecimiento económico es imposible disminuir la pobreza o reducir la desigualdad regional, y sin atacar las causas de la corrupción, ésta cambia de forma o de lugar pero nunca desaparece lo que, inexorablemente, dañará la credibilidad del gobierno que se comprometió a combatirla.

El caso de la revocación de mandato que se aprobó esta semana es elocuente: con este instrumento cambiará la dinámica de la política mexicana porque llevará a que el presidente y los gobernadores estén permanentemente en campaña: en lugar de darles espacio para desarrollar sus programas sin la presión de una elección, estarán siempre en el circo cotidiano, minando el desarrollo de largo plazo del país. Es obvio por qué quiere el presidente esta pieza de legislación, pues quiere estar la boleta en 2021 o seguir adelante. Lo que no es tan obvio es que, en ausencia de una mejoría económica sustancial, las cosas para entonces sean vistas favorablemente por la ciudadanía como para que lo premie con un voto. Como dice el dicho, uno debe ser cauteloso con lo que desea porque puede salirle el tiro por la culata.

La gran diferencia entre los 80 y esta era radica en que los gobiernos de todo el mundo efectivamente perdieron capacidad de controlar las decisiones económicas de las que depende el crecimiento. Esto no es bueno ni malo, sino la simple realidad del siglo XXI y la razón por la cual todos los países del mundo compiten por atraer la inversión. Todos los proyectos que han dejado de venir a México por la falta de certidumbre que emana del gobierno se dirigen a otras partes, a países que en lugar de negar la evolución del orbe, compiten por aprovecharla para que sus poblaciones prosperen. La pregunta es si el gobierno tendrá la disposición de aceptar esta circunstancia.

Los nuevos personeros privados del gobierno podrán pensar que atemperan el ánimo del presidente o moderan su agenda, pero la realidad es que no hacen más que representarlo y convertirse en parte integral de la estrategia y, por lo tanto, de lo que venga en la economía. Hay salidas, pero éstas requieren certidumbre para los inversionistas, lo que es incompatible con la centralización a ultranza del poder. Así de simple.

A pesar de ello, el mensaje es claro y se repite cada mañana y sólo quien se auto engaña puede ignorarlo: las reglas del juego ya cambiaron y se medirán por sus resultados.