Luis Rubio (@lrubiof) | Reforma

Según cuenta Heródoto, Jerjes el Grande, rey persa, concibió la invasión de Grecia como un comandante que creía que podía hacer lo que quisiera simplemente porque era, pues, el rey. Ignoró a los asesores que le advertían de los peligros que se avecinaban y despidió a quien se oponía a sus planes. Seguro de su visión, procedió a toda marcha, sólo para ser derrotado no por una fuerza superior, sino por la simple realidad.

El presidente López Obrador tiene certeza de su proyecto, pero comienza a enfrentar las contradicciones tanto de su propia visión como las que emanan de la compleja, contradictoria y enardecida coalición que armó para ganar la presidencia.

Las contradicciones se pueden apreciar en la forma en que han evolucionado las famosas mañaneras y en lo que no ha cambiado mucho. Las decisiones que emanan del gobierno –o, debiera decir, de alguna parte del gobierno– chocan con los votos que surgen del poder legislativo, y los pleitos entre las facciones dentro de Morena son con frecuencia mucho más profundos y pronunciados que los que caracterizan a otros segmentos de la sociedad. El conjunto explica lo que avanza y lo que retrocede en nuestra realidad cotidiana.

En sus mañaneras, el presidente ha procurado eliminar algunos calificativos –como conservadores y fifis– de su retórica diaria, al menos en lo que concierne al empresariado. Por otro lado, su gobierno ofreció una disculpa a miembros de la guerrilla que azotó al país en los 70, ignorando a quienes fueron secuestrados y asesinados por los mismos guerrilleros; el mismo día, el presidente embistió contra los promotores de los amparos relativos al aeropuerto de Santa Lucía, tratándolos como traidores a la patria, a pesar de que su único crimen ha sido emplear instrumentos legales absolutamente legítimos para disputar una decisión administrativa. Cuando el cambio de lenguaje o las descalificaciones se limitan a un grupo de la sociedad, excluyendo a otros, uno no puede más que suponer que la nueva tónica es meramente táctica.

Las tensiones y contradicciones nacieron con el gobierno: antes de la elección, el presidente ofreció repensar su oposición al nuevo aeropuerto de Texcoco, sólo para cancelarlo a la primera oportunidad. El Plan Nacional de Desarrollo ilustró, mejor que ninguna otra cosa, los absurdos de una administración donde ni siquiera se pueden poner de acuerdo en el contenido de un documento que, para todo fin práctico, es mera retórica. Pero, más allá del discurso, las decisiones que emanan del Congreso hablan recio y pintan un panorama que trasciende la alocución: lo que el Ejecutivo y el Congreso están construyendo es el andamiaje de un sistema de control autoritario con el que ni siquiera los más denostados presidentes del viejo sistema pudieron haber soñado.

¿Cómo, en este contexto, pretender atraer la inversión que el propio presidente ha declarado en múltiples ocasiones ser clave para el alcance de su proyecto? En los últimos meses, AMLO se ha salido de su camino para acercar a los empresarios grandes más emblemáticos del país: los invitó al informe, ha asistido a comidas o cenas en sus casas y ha hecho gala de que los puede hacer levantarse antes de que amanezca para estar presentes en su mañanera. Muchos han interpretado esto como pragmatismo, pero también es posible que se trate del mismo mensaje que quiso mandar el día –y en la manera– en que anunció el fin del aeropuerto de Texcoco: con un libro intitulado ¿Quién manda aquí? ¿Será pragmatismo o el consumado ejercicio del poder?

Las tensiones dentro del contingente morenista no son pequeñas ni irrelevantes. Ahí hay de todo, tanto en el sentido ideológico como político: perredistas y priistas, panistas y empresarios, guerrilleros y activistas, invasores de predios y sindicalistas, gente experimentada en el arte de gobernar y otros dedicados a cambiar por la vía revolucionaria. Quizá el mayor punto de ruptura radica en la línea que separa a quienes, por su experiencia previa, entienden que hay límites a lo que es posible hacer y quienes quieren proseguir en sus agendas a cualquier precio.

Por sobre todo, uno de los comunes denominadores es un profundo resentimiento con todo: con el pasado, con los empresarios, con los americanos, con las libertades que caracterizan al país en la actualidad, con las instituciones, con quienes piensan de otra manera (también aplicable al interior de Morena), con la corrupción de otros, con cualquier cosa que huela a independencia o autonomía, con la libertad de prensa y con cualquier tipo de oposición, sea ésta partidista, judicial o activista. El hilo conductor es profundamente autoritario y vengativo.

Hace unas semanas estuvieron en México muchos de los premios Nobel de la paz. Dos de ellos destacan por la forma en que contrastan con el gobierno de AMLO: Frederik de Klerk fue el presidente de Sudáfrica que desmanteló al régimen de Apartheid que lo parió porque entendió que el mundo había cambiado. Lo mismo caracterizó a Juan Manuel Santos, expresidente de Colombia, quien hizo la paz con las FARC. Ambos abrieron, conciliaron y promovieron una reconciliación general para construir un mejor futuro. Lo opuesto a venganza, autoritarismo y resentimiento. Mucho que aprenderles.