Edna Jaime (@EdnaJaime) | El Financiero

El electorado mexicano le quitó la máscara a la narrativa dominante y le confirió a Andrés Manuel López Obrador un mandato amplio para llevar a cabo la promesa de reducir la pobreza y acabar con la desigualdad. Sin embargo, como bien apunta Luis Rubio en su más reciente libro, Fuera máscaras, no basta con tener el poder para salir del hoyo. Y hoy, la oportunidad de crear condiciones para la prosperidad de la población es histórica, y es posible. Pero ello necesitará que el presidente cambie las estructuras del gobierno y construya los medios de acceso para los que siempre han estado excluidos.

No puedo estar más de acuerdo con el planteamiento de Luis Rubio. AMLO es exactamente el tipo de líder del que México podría beneficiarse en esta coyuntura, pero hoy se está inclinando por una agenda vaga y hasta peligrosa, por lo tanto, contraproducente respecto a su propia visión para el futuro del país.

Lo confirma el recién presentado plan de negocios de Pemex y la lectura que le están dando los mercados. Standard & Poor’s, por ejemplo, advierte que se está regresando a una estructura de monopolio. Se cerraron oportunidades para la inversión privada por decreto en el sector de exploración y producción, y se está privilegiando la adjudicación directa en la proveeduría.

Un plan que más bien ya es un negocio en marcha. La información pública disponible sobre las contrataciones de Pemex revela que de 360 contratos celebrados entre enero y junio de 2019, 45% han sido adjudicaciones directas. Un proceso excepcional de contratación por donde la corrupción es fácil que se cuele.

Cualquier esfuerzo para combatir la desigualdad será insuficiente si estas estructuras de poder permanecen. Y es que en la ausencia de rendición de cuentas, las negociaciones se traducen en conveniencias políticas. Economía de la extorsión, como apunta Luis Rubio, donde autoridades, sindicatos y monopolios extorsionan a los ciudadanos, empresarios, propietarios, y comerciantes, con precios altos, servicios de mala calidad, información privilegiada, derechos de picaporte, invitaciones exclusivas para hacer negocios, en fin, la lista es larga.

Todo ello impide la movilidad social, que las empresas crezcan, y por ende, que se desarrolle el país. Si el presidente de verdad quiere dar oportunidad a los más desfavorecidos, su estrategia debería ser la de romper con esas prácticas costosas que quedan impunes.

Uno de los antídotos más efectivos es la transparencia. Ésta fortalece al gobierno corporativo y permite que las empresas sean más eficientes, más competitivas y más eficaces a la hora de prevenir actos de corrupción. Además es una manera de rendir cuentas sobre cómo se están utilizando los recursos para generar valor.

Hace unos meses, México Evalúa presentó un Índice de Transparencia Corporativa para Empresas Productivas del Estado (IT-EPE) para saber si la petrolera mexicana está transparentando bien su información. Lo que encontramos: sólo la tercera parte de la información que difunde Pemex cumple con los estándares mundiales de buena calidad. El resto de la información o no se difunde, o no es accesible, confiable, completa u oportuna.

El costo inmediato de que López Obrador continúe cerrando la puerta a la evidencia, a la transparencia y a una mejor planeación, son las alertas de las agencias calificadoras, que ahuyentarán a los inversionistas potenciales por la forma de proceder del gobierno. Y todos perdemos. 

En lugar de convertir a Pemex en un gancho para atraer recursos y construir futuro, se habrá despilfarrado alrededor de 706 mil 335 millones de pesos, que es lo que se invertirá, entre transferencias directas y reducción del pago de impuestos, de 2013 a 2022. Para darnos una idea, esto equivale a 4.5 veces lo que el sector público invierte en un año en infraestructura pública (abastecimiento, agua potable, alcantarillado, comunicaciones y transportes, y sector eléctrico).

No hay y no habrá dinero que alcance, si las estructuras que causan la pobreza y la falta de ingresos, permanecen intactas. Como menciona Luis Rubio en su publicación Fuera Máscaras: “es tiempo de que los integrantes de Morena y el presidente se quiten sus propias máscaras para ver al mundo como es y no como lo han imaginado. Esto no para sacrificar su agenda, sino para hacerla más posible, más viable. Es la gran oportunidad de liderazgo, eso en que López Obrador ha demostrado ser sin igual. ¿Será estadista o activista?”.

Al hilo: 

El estrangulamiento presupuestal del Coneval y la destitución de Gonzalo Hernández Licona al frente del organismo, constata lo que advirtió Urzúa. Este gobierno denosta la evidencia y quiere operar en lo oscurito la política social. De esas que hacen favores extraoficiales y dan a cambio muchos votos. Gonzalo, hiciste un trabajo espléndido para la democracia de nuestro país.