En uno de los episodios finales de Los Simpsons, el soporífero y aturdido octogenario abuelo es reclutado como esquirol para romper una huelga en una planta nuclear. Su táctica: aturdir, si no es que arrullar, a los huelguistas contándoles historias que no tienen pies ni cabeza para agobiarlos, agotarlos y, finalmente, vencerlos. Así parecen los gobernadores priistas frente a AMLO: abrumados, perdidos y derrotados.

Si algo resulta evidente de observar la manera de funcionar tanto de la política como de los negocios en el mundo a lo largo del tiempo es que sobreviven quienes tienen claro el rumbo, entienden el contexto y no se pierden entre los árboles. Quienes comprenden el bosque tienen la oportunidad de vencer hasta al más poderoso o al más incompetente porque la alternativa, dejarse llevar por la corriente, lleva siempre a la quiebra o a la desaparición.

Esto que es tan obvio parece eludir a los gobernadores priistas que van ciegamente al desfiladero que con tanta habilidad les ha marcado el flautista de Hamelin, hoy residente en el Palacio Nacional.

El PRI es la cantera más importante de política y políticos en el país. Prácticamente no hay persona de poder en México que no haya surgido de sus filas o se haya formado en su escuela de política. Por décadas, fue el vehículo -por demás exitoso- para la construcción del país en la etapa postrevolucionaria y lo hizo con los instrumentos y métodos de la época: la lealtad y la corrupción fueron características no sólo prototípicas sino inherentes y fundacionales. Su éxito también fue la fuente de su creciente erosión, porque todo sirve hasta que se agota.

En 2000 la ciudadanía optó por otro partido y el PRI se encontró, por primera vez en su historia, en la orfandad. En los siguientes doce años los priistas jugaron un papel fundamental como oposición responsable y, de hecho, hicieron posible la preservación de la estabilidad del país; sin embargo, no emplearon ese tiempo para transformarse. En 2012 regresaron al poder con la bandera del “nuevo” PRI, que de nuevo sólo tenía la flagrancia de la corrupción y la arrogancia del poder, incompatible con la era de las redes sociales. En lugar de responder a las demandas del siglo XXI, su “transformación” fue hacia atrás, hacia sus orígenes. El juicio de la ciudadanía en 2018 lo dice todo.

Ahora los priistas tienen dos opciones muy simples y claras: intentar reconstruirse o sucumbir ante el canto de las sirenas lopezobradoristas. No tienen de otra: aceptar el camino (o la trampa) que AMLO les ha tendido a los gobernadores (seguramente a cambio de presupuestos) para sumarse a la “gran transformación” que enarbola el presidente en la forma de la 4T, o volver a picar piedra con la esperanza (porque no hay mucho más) de construir un nuevo partido, compatible y visionario para las realidades nacionales y mundiales de esta era tan convulsa y compleja que nos ha tocado vivir.

Es fácil entender por qué resulta tan atractivo el llamado presidencial; primero que nada, porque constituye una salida cómoda: para qué construir algo nuevo si se puede vivir con generosidad en el corto plazo. En segundo lugar, la salida cómoda no implica confrontación y sí resuelve el problema de la operación cotidiana. Si así hubieran pensado los Elías Calles o los Cárdenas, México probablemente habría acabado como las frágiles economías y sociedades de muchas naciones latino-americanas.

En lugar de debatir la reconstrucción institucional del país, a la cual un PRI transformado podría aportar tanto, los priistas están sumidos en un pleito de lavanderas sobre el número de militantes que, todo indica, no pueden certificar frente al INE y que seguramente los sumiría en un interminable conflicto postelectoral que, además de hacer el ridículo, justificaría el escarnio y desprecio de que goza el instituto entre buena parte del electorado. Por eso es tan trascendente el método que decidan para elegir a su próximo dirigente.

El método importa por tres razones: primero, porque debe lograr al menos un objetivo de manera contundente: que no haya disputa sobre al resultado. Hoy hay certeza de que una elección no certificada por el INE llevaría a una disputa, que podría surgir tanto de la probable manipulación de los votos como de la vulnerabilidad de un padrón no confiable, potencialmente sancionable por el INE. En segundo lugar, lo que el PRI -y México- requieren es un partido que construya institucionalidad y se constituya en un contendiente creíble para el futuro. Un partido subordinado al presidente difícilmente cumpliría ese cometido y eso es lo que los gobernadores están promoviendo. Finalmente, un método indisputable le conferiría legitimidad a un partido que, por su historia y capacidad, podría ser gobernante en el futuro pero que, por donde va, avanza directo a su desaparición.

La elección del 2 de junio mostró al PAN como el gran ganador (o al que menos mal le fue) porque ha articulado una postura congruente que lo ha convertido en el bastión de la oposición. Los priistas tienen mucho que aprender de lo que la ciudadanía está observando y cómo ésta se está comportando. Como diría el cantante Jimmy Dean, “no se puede mandar al viento, pero sí se pueden ajustar las velas”.