David Ramírez-de-Garay | El Sol de México

Hagamos un pequeño ejercicio. ¿Cuántas veces ha escuchado que tenemos que invertir en la profesionalización de la policía? Muchas, seguramente. ¿Cuántas veces ha escuchado propuestas concretas para combatir la corrupción interna en las policías? Me temo que pocas. ¿Cuántas veces ha leído sobre casos donde las fuerzas policiales están involucradas en prácticas corruptas? Tristemente, más veces de las que quisiéramos. ¿Cuántas veces hemos conocido casos donde se procese a los elementos involucrados en corrupción? En efecto, yo tampoco recuerdo algún caso.

Estas preguntas vienen a colación porque llevamos al menos dos sexenios inmersos en una profunda crisis de inseguridad y la actual administración federal ya no tiene margen de error. Durante estos años hemos insistido en la necesidad de poner atención en el desarrollo de las capacidades policiales, sobre todo ante el largo y paulatino proceso de erosión que ha implicado la militarización de la seguridad pública.

No obstante, el énfasis en el desarrollo policial ha opacado el tema de la corrupción al interior de las instituciones policiales. La corrupción es una variable transversal a todos los instrumentos con los que cuenta el Estado para garantizar la seguridad de sus ciudadanos y, aun así, no hemos puesto sobre la mesa propuestas concretas para atenderla.

Quiero ponderar la afirmación anterior. No se ha ignorado a la corrupción, pero sí hemos puesto todas nuestras fichas en la posibilidad de solucionarla mediante la reforma policial y el desarrollo profesional de los cuerpos policiales. Estamos apostando a que instituciones mejor diseñadas con policías profesionales ayudarán a erradicar paulatinamente las prácticas corruptas que existen en las policías.

La corrupción ha tenido mucho tiempo para anidarse en las organizaciones policiales. Durante años se han generado prácticas ilegales que están normalizadas en su día a día. Se trata de prácticas extorsivas y de generación de rentas ilegales que precarizan la labor policial y debilitan a la institución, al tiempo que la transforma en agente corruptor.

Hagamos memoria y recordemos que la administración de Cuauhtémoc Cárdenas, en el otrora Distrito Federal, fue la primera en hacer pública la presencia de redes de policías que realizaban prácticas corruptas. Se trataba de la famosa Hermandad que, según algunas versiones periodísticas y por declaraciones de los mismos funcionarios de esa época, se trataba de grupos que nacieron en la época del Negro Durazo. Si nos gana la curiosidad y hacemos una búsqueda veremos que todavía hay menciones sobre este grupo en años recientes.

¿Será posible desenraizar este tipo de redes sólo con la reforma policial? Me parece que no. Hay evidencia internacional de que este tipo de prácticas pueden sobrevivir a cualquier tipo de reforma policial si ésta no está precedida o acompañada de procesos de investigación que lleven a la judicialización exitosa de los casos.

Francesco Serpico, el policía retirado que detonó una de las investigaciones más amplias sobre la corrupción en la policía de Nueva York por medio de la famosa Comisión Knapp de 1970, testificó que en su corporación no existía una atmósfera en donde un policía honesto pudiera actuar sin miedo a ser reprimido y ridiculizado por sus propios compañeros. En el México actual necesitamos de acciones estratégicas para desactivar y castigar las redes de corrupción al interior de la policía. De lo contrario no habrá policía honesto que pueda hacer su trabajo sin topar con la corrupción.