El mayor déficit del país es su paupérrima capacidad de gobierno, factor que yace detrás de la violencia, los malos resultados educativos, la corrupción y, en general, los bajos niveles de productividad y de crecimiento

Luis Rubio | Reforma

No hay problema más grande en el país que el desempate entre las capacidades del gobierno (federal, estatal y municipal) y los requerimientos que le impone -al propio gobierno- la urgencia de lograr el desarrollo. Gracias a la diferencia entre las capacidades reales del gobierno (cada vez menores) y la demanda por seguridad, servicios y respuestas, el país ha sido incapaz de avanzar a un ritmo sensiblemente mayor. Tenemos un sistema de gobierno muy incompetente que no sirve para hacer posible el crecimiento de la economía, que no atrae inversión y que no resuelve los problemas que afectan a la población y desincentivan al desarrollo en general.

El problema no es exclusivamente mexicano, aunque aquí haya adquirido dimensiones excepcionales. El cambio tecnológico, las fuerzas desatadas por la liberalización económica, las brutales presiones y el poder que acompañan al narco y, en general, al crimen organizado, son todos factores que han deteriorado la capacidad de gobierno en innumerables naciones. En México, el problema se agrava por la forma en que se constituyó el sistema de gobierno a partir del fin de la Revolución, una entidad menos dedicada a atender las necesidades del desarrollo que a preservar la paz y a responder a las demandas de los beneficiarios del statu quo que surgió de la propia gesta. El colapso de los gobiernos priistas en el 2000 no vino acompañado de la construcción de una estructura idónea para un país que se había venido transformando aunque solo parcialmente: se fue el autoritarismo pero no llegó un mejor gobierno.

Muchos países han pasado por procesos complejos de transformación pero pocos se han transformado, lo que hace tanto más notables a los que sí han logrado un cambio profundo en sus estructuras sociales, económicas y gubernamentales. En nuestro hemisferio, muchos países han pasado por procesos traumáticos de cambio, pero sólo Chile puede decir que se ha transformado, aunque Colombia poco a poco se le va acercando.

Estudiando a la India, es notable lo que ha avanzado, tanto como la enormidad de lo que le falta por hacer. Más que una elevada tasa de crecimiento o las decenas de millones de indios que van saliendo de la pobreza para integrarse al mundo moderno, lo extraordinario de la India es la transformación (gradual) de sus capacidades como gobierno, en buena medida gracias al uso de la tecnología. En lugar de intentar copiar la forma en que otras naciones han procurado acelerar el paso del crecimiento económico, India ha optado por un proceso muy distinto, cuyo devenir todavía está por decidirse.

El uso de la tecnología ha sido un elemento especialmente interesante. Hace algunos años se realizó el registro biométrico de toda la población, un proceso nada sencillo en una nación tan grande, con una población rural mayoritaria y con más de mil trescientos millones de ciudadanos. Una vez construido el censo, el país súbitamente pudo contar con un mecanismo que permite identificar a la totalidad de la población y localizarla geográficamente. De ahí siguió la creación de un “sistema unificado de pagos” que tiene la virtud de permitir que una persona le haga un pago a otra o a una empresa con el uso del número emanado de la base biométrica y su respectiva contraseña. Esto que parece pequeño ha permitido eliminar burocratismos e intermediarios (con sus comisiones), para facilitar la integración de un solo mercado nacional, algo que parecía imposible hace sólo una década.

El sistema de pagos ha permitido la inclusión de la totalidad de la población al sistema financiero casi de un plumazo. De la misma forma, se ha hecho posible la provisión de servicios de salud y educación (proceso que apenas comienza) en los lugares más recónditos. La red de comunicaciones inalámbricas (con más de mil millones de teléfonos celulares registrados) contribuye a la modernización de los intercambios de bienes y la introducción de un programa dedicado a la mejoría de las habilidades de toda la población adulta favorece el crecimiento de la productividad. El punto es que la calidad del gobierno ha ido mejorando en buena medida porque el gobierno dejó de estar simplemente sentado ahí para dedicarse expresamente a crear condiciones para el crecimiento económico.

Quienquiera que haya visitado la India sabe bien que se trata de una nación sumamente pobre, con un ingreso per cápita que es sólo una fracción del mexicano y con enormes carencias, además de los ingentes problemas derivados de su extraordinaria complejidad étnica, religiosa, política y lingüística. Sin embargo, lo notable es el entusiasmo de la población por avanzar, mejorar y entrar en un nuevo estadio del desarrollo: los hindúes se han imaginado un futuro exitoso y están decididos a construirlo. Todo ello ha sido posible en buena medida por la claridad de propósito de sus gobiernos recientes, que han enfocado los recursos existentes a crear condiciones para el crecimiento. Mero sentido común.

Los problemas de India en la actualidad son los que ha producido un proceso sumamente disruptivo de cambio institucional y económico, mucho de ello producto del crecimiento acelerado a lo largo de varios lustros. Ojalá algún día lleguemos a tener ese problema.