En los últimos años se ha dado una disputa entre los sistemas democráticos y los nuevos sistemas autoritarios, ambos con virtudes y defectos porque todos generan sus propias fuentes de crisis que hacen difícil el desarrollo

Luis Rubio (@lrubiof)| Reforma
No es de sorprender la existencia de tensiones entre las necesidades de la economía para poder progresar y las demandas que impone la población a través de los mecanismos democráticos. Para atraer inversiones y crear condiciones para el progreso, los gobiernos tienen que contenerse en materia presupuestal y evitar distorsiones como las que producen subsidios, restricciones al comercio y otras medidas discrecionales. Por su parte, la ciudadanía, a través de su voto, demanda soluciones, mejores condiciones de vida y seguridad para su propio desarrollo y bienestar. Si el gobierno actúa bien, no hay razón para que ambos factores resulten contradictorios, al menos si se le da suficiente tiempo para cuajar a lo primero. Sin embargo, en la era de las comunicaciones instantáneas y las expectativas desbordadas, los votantes quieren satisfactores inmediatos.

La tensión entre ambos fenómenos -la política gubernamental y los requerimientos de la población- es algo inevitable en la sociedad humana, pero se ha exacerbado en la era de la información, produciendo nuevas fuentes de conflicto.
En la segunda mitad del siglo XX, dominó la noción de que la democracia liberal era el patrón contra el cual todas las naciones tenían que medirse, lo que llevo a que las dictaduras y dictablandas del mundo adoptaran medidas de apariencia democrática, como elecciones, que en realidad no eran muy democráticas pero cumplían con la formalidad. Todo esto cambió en la última década tanto por la crisis financiera de 2008 como por el mero hecho de que China haya logrado un avance económico excepcional sin siquiera pretender ser una democracia. Hoy hemos llegado al momento en que innumerables gobiernos dictatoriales, autoritarios o, al menos, no democráticos, se sienten legitimados y no perciben necesidad alguna de justificar su mano dura o no democrática.
En Democracia y Prosperidad, Iversen y Soskice argumentan que la democracia y el capitalismo no sólo son compatibles, sino que una es inviable sin la existencia del otro. Su planteamiento se fundamenta en tres elementos: primero, se requiere un gobierno que funcione y que establezca y haga cumplir las reglas para la interacción social y económica; es decir, el mercado y el Estado son dos componentes cruciales del desarrollo. En segundo lugar, la educación es central al desarrollo y más en sociedades avanzadas porque en la medida en que se eleva la complejidad social, tecnológica y económica, la población siempre demanda la existencia de un gobierno competente y sólo una población altamente educada puede aspirar al desarrollo en la era digital. De esta forma, tercero, el desarrollo requiere habilidades particulares que usualmente se multiplican a través de redes y comunidades y, por lo tanto, tiene una naturaleza geográfica. Esto último explica porqué se han concentrado empresas electrónicas en Jalisco, automotrices en el Bajío, de aviación en Querétaro o la antigua industria zapatera en Guanajuato.

Detrás del planteamiento de estos autores reside la tesis de que la democracia funciona y es estable en la medida en que el gobierno, y los partidos políticos, son capaces de satisfacer a las clases medias, elemento crucial tanto del crecimiento económico como de la estabilidad política. La clave de todo esto consiste en un principio elemental: cuando un gobierno es democrático, tiene que proveer a la población y a las empresas las condiciones que les permitan ser exitosas y en eso radica la esencia de la democracia, en responderle de manera efectiva a la ciudadanía.

¿Será aplicable esta tesis a la realidad mexicana actual? Por un lado, la popularidad del presidente sugeriría que el elevado reconocimiento de que goza es independiente del desempeño económico. Sin embargo, si uno observa las encuestas, el electorado distingue nítidamente entre su respeto al presidente y su apoyo a las medidas y decisiones que éste está tomando. Mientras que el apoyo a la persona rebasa el 60%, la aprobación a sus medidas fluctúa entre el 20% y el 40%. Es decir, la mayoría de la población no coincide con la forma en que gobierna, pero aprueba masivamente a la persona del presidente. Por otro lado, la población que aprueba al presidente no es homogénea: hay una cohorte que lleva lustros apoyándolo y que le concede toda la latitud que requiera, pero hay otros grupos que son más volátiles y que esperan soluciones prontas y expeditas. El común denominador es que todo mundo espera respuestas, pero algunos tienen más paciencia que otros.

La mexicana todavía es, en muchos sentidos, una sociedad industrial, y en las sociedades industriales, dicen los autores, los trabajadores con habilidades y los que no las tienen (producto de las fallas del sistema educativo) son interdependientes; sin embargo, en la medida en que la economía avanza hacia la digitalización, esa interdependencia desaparece y es ahí donde surgen las crisis políticas y los abusos de grupos de interés.

Los autores afirman que el populismo surge cuando sectores importantes de la sociedad dejan de verse representados por el sistema político. Esto explica el triunfo de AMLO el año pasado; también constituye un reto para responderle a esa población a tiempo y de manera exitosa.