Edna Jaime @EdnaJaime | El Financiero

Se cumplieron los primeros cien días de gobierno. Y en este lapso, el país ha mostrado toda su complejidad. El presidente y su equipo no llegaron a un día de campo. Están deslizándose por un tobogán en el que hay sobresaltos, y son cotidianos.

Por lo que se aprecia en estos días, el proyecto central del presidente es la reforma del poder, luego de ello vienen las políticas públicas que se alinean con lo primero. Y esa reforma del poder se dirige a su reconcentración en la figura del presidente. En estos 100 días, en lo simbólico y en lo sustantivo, la estrategia se dirige a regresarle lo “hiper” al  presidencialismo mexicano.

No faltan razones para buscar recuperar el poder en la presidencia. La pulverización del poder, sin buenas maneras para organizarlo, nos dejó un lío para gobernar y avanzar en objetivos fundamentales. Realmente estábamos situados en un arreglo híbrido que planteaba los peores incentivos para las partes.  Recuperar los hilos para promover políticas más efectivas, puede ser una de las motivaciones de la reversa que estamos dando en materia de la organización del poder.

Pero hay un doble filo en esta decisión. La primera es si la reconcentración de poder y la centralización del ejercicio del gobierno es lo que necesita el país para salir adelante. Una cosa es que lo que tuviéramos no funcionara y otra es que ésta sea la solución. Y el otro lado tiene que ver con las responsabilidades que la presidencia asume cuando se convierte en el factótum de la política mexicana.

Mirando el fenómeno delictivo y de la violencia, que es particularmente complejo como lo hemos visto con el caso del huachicol al comprometer una importante base social,  me parece que el modelo del presidente es completamente inadecuado. El modelo centralista no da para atender fenómenos de esta naturaleza que requieren trabajo en el sitio, en lo micro, con la participación de actores diversos. Muchos de los problemas de esta país necesitan de mucho Estado (y uno que funcione) pero no solamente. El Estado, la presidencia, ya no puede sola.

Por eso es muy atrevido que el presidente ningunee a los gobernadores y promueva su descalificación pública. Les está dando permiso para desentenderse. También que descarte la intermediación de organizaciones sociales que ayudan a proveer algunos servicios o atender carencias de algunos grupos vulnerables. Desmantelar lo que media entre el presidente y la persona tiene enormes riesgos, porque hoy por hoy no hay nada que lo sustituya. Y el presidente no puede ser omnipotente y omnipresente a pesar del contingente de servidores de la nación que recorren calles y cuadras, que barren territorios enteros, levantando un censo alternativo que sirve para canalizar los múltiples programas de transferencias que este gobierno tiene en su portafolio.

Estos recursos sueltos quizá sirvan para generar simpatías duraderas para quienes los reparten, pero no es claro que solucionen los problemas para los que están destinados. Puede ser que exista un proyecto que va más allá de la mera transferencia y que implique mecanismos de control social como los que existieron en los mejores años del viejo régimen político. Me parece difícil restaurar lo que en su momento se colapsó.

Algo de experiencia internacional muestra  que problemas sociales complejos como son algunas dinámicas de violencia y crimen en el país, tienen más oportunidad de resolverse cuando se crean los marcos para la participación de actores que no son solamente estatales o gubernamentales. En Ciudad Juárez, en las épocas más duras, organizaciones sociales del más diverso origen, confluyeron en la atención de la conflictividad social. El programa “Todos somos Juárez”, encontró aliados en organizaciones sociales que permitieron que la inversión multimillonaria que se inyectó en la localidad tuviera más repercusión.

Es cierto que estos modelos para gestionar problemas no corren de manera pareja a lo largo del país.  Pero constituyen un modelo promisorio, no del pasado, sino del futuro, en los cuales los gobiernos pueden apoyarse para ser más efectivos.

El presidente hace una apuesta grande con su muy personal manera de gobernar. Primero porque es difícil que esté país se arregle desde el centro y desde la presidencia y porque está asumiendo la responsabilidad completa. A quién mirar, sino es que al propio presidente, cuando algo salga mal.

Al margen

¿Saben del Foro París sobre la Paz? Es un Davos en el que se abordan temas de gobernanza local y global (siempre interconectadas) para construir la paz. Esta es una agenda a la que deberían echarle un ojo los funcionarios de este gobierno. Son esquemas de participación multiactor que generan soluciones perdurables. En este Foro las soluciones desde las sociedad se privilegian y la convocatoria está abierta para presentar proyectos. Aquí la convocatoria: https://parispeaceforum.org/call-for-projects/