Luis Rubio / Reforma

Se impone la nostalgia. Termina el gobierno de Enrique Peña Nieto y está por comenzar otro del cual seguramente será más difícil encontrar razones para reír. En esto, hay un gran paralelo entre Peña y Nixon.

Nixon era un personaje extraño, desconfiado, taciturno y maquiavélico. Tramaba toda clase de jugarretas, producto de una mente a la vez brillante y descarriada, que podía imaginar una estrategia para la paz del mundo (Nixon va a China), igual que crear el entorno que llevó a que un grupo de “plomeros” entrara a robar documentos de los Demócratas en el edificio que con eso se hizo famoso, llamado Watergate. Su personalidad y contradicciones lo hicieron blanco fácil para caricaturistas y comediantes que explotaban cada declaración, absurdo o acción, haciendo reír a sus lectores y auditorios.

Art Buchwald, por décadas el decano de los comediantes por escrito, disfrutó a Nixon como pocos. A lo largo de varios años, escribió múltiples columnas describiendo, imaginando y satirizando al entonces presidente, hasta que la sátira sobre Nixon se convirtió en un deporte para este comentarista. Mientras que la mayoría de los estadounidenses finalmente descansó cuando Nixon renunció a la presidencia, Buchwald lo lamentó como nadie: “Si la verdad fuese dicha,” escribió en una columna posterior, “yo necesitaba mucho más a Nixon de lo que Nixon me necesitaba a mí.”

Algo así pasa con Enrique Peña Nieto. Desde luego, el presidente saliente en nada se parece a Nixon en temperamento o características pero, como Nixon, el final de su sexenio marca un punto y final para toda una era de México. Pase lo que pase con Andrés Manuel López Obrador, el país nunca más será el mismo.

Peña Nieto prometió restaurar el orden y retornar a México a la senda del crecimiento económico. Su oferta consistió en volver a lo que, en su visión, había funcionado en el pasado. Seis años después, deja un país con algunos nuevos -y nada despreciables- instrumentos, como la reforma energética que, de continuarse, permitiría transformar a vastas regiones del país en el futuro. También nos deja a los mexicanos en manos de Andrés Manuel López Obrador. Dos caras de una misma moneda: los logros y las consecuencias.

La paradoja del momento no es pequeña: en su visión histórica, ambos personajes, el presidente entrante y el saliente, habitan un mundo similar. Ambos son políticos anclados en el México de los sesenta y guardan una enorme nostalgia por el país que, en su mente, funcionaba bien. Ambos creen que la forma de salir de los problemas que hoy existen (y que definen casi exactamente de la misma manera: seguridad, crecimiento y orden), radica en la reconstrucción del viejo Estado rector. Donde se diferencian, como ocurría en el mundo priista de entonces, es en su filosofía política. Peña no avanzó su proyecto reconstructivo más allá de la caricatura de presidencia imperial, en gran medida porque es imposible, pero también porque contradecía de manera flagrante sus propias reformas. Una cosa derrotaba a la otra.

López Obrador tiene la misma nostalgia por el Estado rector de antaño, pero la ha venido construyendo con poder y no con artificios lujosos o espejitos deslumbrantes. A él no lo motiva el histrionismo mediático, sino el poder para hacer. Ahora que se apresta a gobernar ya formalmente, cuenta con un tramo de control descomunal, sin igual desde que hay elecciones abiertas y competidas; además, en un sistema político centrado en torno al presidente y prácticamente sin límites institucionales a su rango de acción, su capacidad “para hacer” es prácticamente ilimitada. Si a eso se agrega el hecho que buena parte de la prensa se ha acallado, ha sido intimidada o se ha autocensurado, AMLO se encuentra en un momento inusitado que igual puede llevar a una transformación extraordinaria que a una hecatombe. Todo depende de una persona.

La vieja presidencia produjo algunos resultados alentadores, pero también crisis incontenibles, perniciosas y sumamente destructivas. De un país en ruinas luego de la Revolución, hoy tenemos una nación vibrante con una economía en mucho mejores condiciones -con todos sus avatares- de lo que la contienda sugirió. También, con una población ansiosa de dar ese gran paso adelante que AMLO ofreció. Con todo, el cambio, cualquiera que éste acabe siento, genera expectativas y miedos (dos lados de una misma moneda), lo que entraña una enorme responsabilidad, porque los riesgos -de hacer y de no hacer- también son grandes. 

Presidencia nueva, país en curso. Cambia el paradigma, pero eso no cambia la realidad circundante. El actuar gubernamental irá marcando el tono y el ritmo, lo que inevitablemente generará oportunidades para afianzar prejuicios o para modificarlos, para que la sátira, las caricaturas y los críticos le hablen al poder. La sociedad también tendrá que definirse y se irá decantando. Lo que Norbert Elias llamó “el progreso civilizatorio.”

Buchwald se benefició de las locuras y pifias del presidente del momento, a la vez que facilitó que la sociedad sobreviviera el trance. Las naciones crecen y se desarrollan cuando la sociedad actúa y se responsabiliza. Así tiene que ser en el México de hoy.