Edna Jaime / El Financiero

A principios del 2015, el semanario inglés The Economist, con bastante agudeza y también atrevimiento lo planteó: la administración del presidente Peña Nieto, no entendía que no entendía. Lanzó entonces una aseveración que resultó atinada: los desaciertos de la administración en curso podrían beneficiar a López Obrador, el eterno candidato a la presidencia.

En los albores del 2015, la presidencia de Peña Nieto atravesaba tiempos críticos. Ayotzinapa cambió el rumbo de su administración. Una enorme afrenta a su autoridad que lo ponía a prueba. Le acompañaron otros escándalos de primeras planas. De ahí en adelante una colección de desaciertos.

Hubieron oportunidades y muchas para corregir. Solidaridad con los deudos del caso Ayotzinapa; compromiso con una investigación profesional y con la transformación de la procuración de justicia; lo mínimo: empatía. Un presidente a cargo, pues.

Respecto a los escándalos de corrupción trató de lavar cara abriendo una avenida a la reforma anticorrupción que promulgó, pero a la que le dio la espalda muy pronto. La mesa estaba puesta para dar un golpe de timón con casos muy concretos, pero en lugar de ello optó por destituir al fiscal de delitos electorales que investigaba un presunto soborno de la empresa Odebrecht a un funcionario cercano. Lo último, el uso de la PGR para embestir contra un rival político. El instinto de autoprotección, antes que cualquier otra cosa.

El costo de no entender (o no querer entender) la realidad para un político es perder el poder, extraviar su legado, no dejar huella o hacerlo por las malas razones. Y todo indica que ése será el costo para el presidente y su partido. El voto de castigo es un elemento de toda democracia que funciona. La factura que el ciudadano cobra cuando le llega el momento de hacer las cuentas.

Pero esto es lo que fue y lo importante ahora es lo que vendrá. Porque es virtud entender un estado de ánimo “colectivo” para tener una campaña exitosa y ganar una elección. Otra muy distinta es entender lo que hay que emprender para hacer funcionar el aparato de gobierno para la consecución de un objetivo. Y este es el reto que tendrá de frente el próximo presidente de la república. Entender. No sólo el ánimo social, sino los resortes que pueden generar un cambio positivo para el país. Una respuesta al ánimo social, no con palabra, con hechos.

Si como las encuestas serias indican, López Obrador se alza con el triunfo, tendrá que entender al país en toda su complejidad para tener un gobierno exitoso. Él se puede jactar de conocerlo. Le ha dado varias vueltas al país, conoce a México desde sus territorios. Ese es un activo para el candidato, pero no es suficiente para gobernar.

Necesita entender que cada problema identificado necesita una respuesta de política pública que sea efectiva. Y entre una cosa y otra media una inmensidad. Entender que la presidencia de hoy no es la misma que hace unos años; que el poder, la toma de decisiones y los recursos están distribuidos en distintos polos que debe articular de manera que funcionen tras un objetivo. Necesita traductores en el ámbito de lo técnico para que las realidades que él conoce se traduzcan en respuestas públicas responsables y eficaces. Por eso es tan importante el equipo que convoque.

Que se mire en el espejo de sus antecesores. El Presidente Fox que no entendió que la transformación del país requería de más que sacar al PRI de los Pinos, o del presidente Peña que quiso conquistarnos con una agenda modernizadora cuando no estaba dispuesto a limitar su poder y, por tanto, no estuvo dispuesto a fortalecer las instituciones que le dieran contrapeso y lo obligaran a la rendición de cuentas. Y éste era un ingrediente fundamental para que la agenda modernizadora volara en serio. No entendieron que no entendían.

El país ya no jala por la sola voluntad de un gobernante. Y a partir del 1 de diciembre necesitamos a un presidente, y no a un candidato en campaña.

La legitimidad es una divisa que gana valor o lo pierde según los resultados. No es propiedad del gobernante sino del ciudadano que la otorga. Esta es nuestra prerrogativa. Y esta se devalúa en un santiamén.

Por eso es tan importante que la victoria de quien resulte ganador no lo ciegue frente a las realidades. Necesitamos que sí entienda.