Edna Jaime / El Financiero

En las últimas semanas se publicaron varios informes acerca de la violencia en los municipios mexicanos que nos permiten seguir analizando lo sucedido en el 2017.

Los primeros datos clave son los que se refieren a los 50 municipios más violentos del país. Esta lista es doblemente importante.

Primero, porque el Gobierno federal lanzó, en 2016, una estrategia de combate al crimen basada en los 50 municipios más violentos. Segundo, porque la lista muestra simultáneamente hechos constantes pero también cambios. Ambas dinámicas ameritan ser analizadas.

Empecemos por las constantes. En 2017, los municipios que ocuparon los primeros 50 lugares más violentos del país – basándonos en las cifras de homicidios dolosos del SESNSP – concentraron el 47% del total nacional. Tres puntos porcentuales más que en 2016.

Por otra parte, entre 2016 y 2017, 42 municipios de los primeros 50 lugares han repetido su presencia en la lista. Los nuevos que aparecen en 2017 son, por orden de “violencia”: Los Cabos (BC Sur), Tepic (Nayarit), Puebla (Puebla), Ensenada (BC Norte), Navolato (Sinaloa), Tonalá (Jalisco), Playas de Rosarito (BC Norte), Córdoba (Veracruz) y Coatzacoalcos (Veracruz).

Desafortunadamente, la constancia en este caso no es virtud.

Si seguimos desglosando las cifras de los homicidios, quizás podremos armar un panorama municipal de la violencia en el país.

El municipio más violento en 2017 fue Tijuana, con 1618 carpetas de investigación abiertas por homicidio doloso, lo cual representa un aumento de 86% respecto al año anterior, así como un aumento de 76% respecto al municipio más violento de 2016, Acapulco, que contabilizaba 918 casos.

Si nos enfocamos en los 20 más violentos, resulta impactante que Colima cuente con tres municipios representados – Colima, Manzanillo y Tecomán – lo cual nunca había sucedido.

Si nos referimos a la tasa de homicidios, es nuevamente Colima quién resulta ser la entidad más impactante, siendo Tecomán, con una tasa de 172.51 por cada 100,000 habitantes, el
número uno.

Ahora bien. Después de esta lista que podría ser aún más larga y fastidiosa, ¿qué sabemos?

La verdad, bastante poco. Lo que nos dicen estos datos – importantísimos, sin duda – es que Colima es un estado muy violento, así como Baja California, Chihuahua, Guerrero o Nayarit. Nos enseñan que, en gran mayoría, los municipios más violentos siguen siéndolo, con la gran excepción de los de Colima o de Nayarit.

Pero el punto es otro.

Más allá de hacer comentarios – a posteriori – sobre cifras de violencia, sabemos muy poco acerca de quién se muere y de quién los mata. Sabemos muy poco, o nada, acerca de las condiciones de vida en estos municipios, así como de la responsabilidad del crimen organizado en estas dinámicas. Sabemos muy poco, o nada, acerca de la estrategia de seguridad pública que se implementó, o se está implementando para cambiar las cosas.

Lo que nos sobra y nos falta, al mismo tiempo, son datos. O más bien, la articulación entre datos duros – estadísticas, tasas, mapas – y datos empíricos cualitativos y de contexto que nos permitan ir más allá de cifras, más allá de comentarios acerca de la repartición geográfica de la violencia, o de las entidades estatales y/o municipales que suben y bajan en los rankings.

Lo que nos falta es saber ¿qué es lo que pasa concretamente en estos municipios en términos de dinámicas y formas de la violencia? Lo que nos falta es el conocimiento local a fin de poder diseñar y proponer iniciativas que estén arraigadas en las necesidades de estos municipios.

Es tremenda la urgencia que existe en México de desarrollar el conocimiento y el análisis de la(s) violencia(s) a nivel local. Sea quién sea el ganador de las próximas elecciones, resultará imposible producir una estrategia de seguridad pública efectiva sin contar con información que permita entender las dinámicas locales. Obviamente, no se trata de producir 2 mil 446 diagnósticos en toda la República, sino identificar regiones, tendencias y problemáticas con el fin de diseñar estrategias focalizadas.

La riqueza de las cifras y de las estadísticas nos vuelve a la vez más sabios, y más ciegos, acerca de lo local y de sus realidades sociales. Ojalá en los siguientes meses y años podamos vencer la ceguera. Ésa que no nos permite entender por qué este país se tiñe de rojo.